Por: Redacción/

La huella poética que dejó Pita Amor fue notoria. Sin duda, fue una mujer única, original, de ímpetu indomable que desafió a su tiempo. No se puede hace referencia a ella sin tomar en cuenta su poderosa personalidad, y sin que destaque su exhibicionista presencia, resaltó la maestra en Arte Mexicano, Nadia Ugalde Gómez.

En el homenaje “Mi vida de centellas y secretos. Cien años de Pita Amor. Irreverente, atrevida y brillante, así fue la obra de Guadalupe Amor”,realizado en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes, la también investigadora y curadora resaltó la artista “se autoconstruyó una imagen que la convirtió en todo un personaje”.

Esta consideración “hace justicia a su singularidad, su apertura de espíritu, su capacidad mental, su expresión y su ejercicio poético; lo que la hace una figura entrañable del México del siglo XX”.

Luego de calificarla como “el arte tras el verbo, mujer de contrastes, desafiante, contundente, incisiva, irreverente, rebelde, excéntrica e indomable, la señaló como “mujer sin inhibiciones, señorita de la alta sociedad perteneciente a una familia de la más rancia aristocracia mexicana. Una mujer de moral relajada y exhibicionista para los ojos de la sociedad”.

Guadalupe Amor fue contemporánea de otros grandes personajes y figuras de su tiempo, junto a intelectuales y artistas tales como Gabriela Mistral, Emma Godoy, María Félix, Juan Rulfo, Margarita Michelena, Diego Rivera, Frida Kahlo, Juan Soriano, Raúl Anguiano, Elena Garro, Salvador Novo, Rosario Castellanos, Roberto Montenegro y Pablo Neruda, entre otros.

“Su energía verbal, la fuerte contundencia con la cual pronunciaba las palabras destacan en su singularidad. Su obra transita entre la ironía y el dolor marcado por una terrible pérdida, incongruencia manifiesta cuyo talento sucumbió ante su imagen”, remarcó Ugalde Gómez.

Por su belleza, talento, inteligencia y personalidad varios artistas eligieron perpetuar su imagen, “como musa de cuadro, objeto de contemplación”. Incluso aceptó posar desnuda para pintores como Diego Rivera, Cordelia Urueta, Raúl Anguiano y Juan Soriano, “ejemplos en los cuales se puede apreciar su imagen desde diversas miradas, desde una perspectiva casi voyerista, modos de ver a una mujer única en un contexto específico”.

El Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA) organizó una velada-charla con la lectura de su obra en la que también participaron Claudia Hernández de Valle-Arizpe y Michael Schuessler y las actrices Mariana Villalobos y Jimena Hinojosa, quienes leyeron algunos de los poemas de Guadalupe Amor.

Michael K. Schuessler, doctor en Lenguas y Literaturas Hispánicas por la Universidad de California de Los Ángeles y miembro del Sistema Nacional de Investigadores nivel 2, recordó sus encuentros con la poetisa y la impresión que le provocó, como investigador, y en lo personal.

“Era una leyenda viva que en entonces habitaba los numerosos hoteles de la zona rosa donde rondaban como una especie de reina honoraria, sin sueldo, como la bautizó su querido amigo Jaime Chávez, y que a veces ofrecía recitales poéticos que eran, a su vez, las primeras obras de performance en México y a las que asistía un público a un formidable y muy entusiasta”.

El primer contacto con la artista ocurrió en el hotel General Prim de la colonia Juárez. “Fue una procesión de descubrimientos, sobresaltos, aprehensiones, el reconocimiento de estar frente a un genio artístico, aunque a veces, sino muchas veces, su comportamiento me sorprendía, y no siempre para bien”.

Pero “esa era la Pita en su última encarnación, un ser enigmático, retraído, obsesivo, compulsivo y, a veces ofensivo. Sin embargo, hallarme frente a ese monstruo de la poesía era para mí, a mi entonces corta edad, una experiencia cuyo primer impacto nunca me ha abandonado, y que persistiría con la misma fuerza de asombró hasta su muerte, también en mayo pero del año 2000”.

Rememoró que en la década de los noventa “muchos conocían a la Pita que rondaba la Zona Rosa pegando bastonazos o paraguazos, dependiendo de la temporada a los transeúntes, la que siempre colocaba un pescaguapos en su frente, la de la flor marchita ensartada en su corto cabello color aroma, la que usaba unos lentes fondos de botella que agrandaban sus ojos resaltados por un asombroso maquillaje de colores.

La poeta y ensayista Claudia Hernández de Valle-Arizpe expresó: “una vida así de intensa, llena de altibajos, más que de contradicciones, consecuencia de su enfermedad, una vida tan rica en talento y producción literaria, pero tan devastadora en términos humanos no pudo haber sido fácil de sobrellevar”.

El menor homenaje que se le puede hacer a la autora de Polvo y Décimas a Dios, “es leerla para sólo después emitir un juicio certero, pero sobre todo para disfrutar su poesía directa y angustiada, su poesía metafísica, su poesía habitada por la pasión creadora, la soledad, las preguntas desesperadas y retadoras. Lo que resulta inadmisible, a mi juicio, es hablar de ella con tanta ligereza, repetir tanto las mismas cosas”.

Guadalupe Teresa Amor Schmidtlein nació en la Ciudad de México el 30 de mayo de 1918 y falleció el 8 de mayo de 2000.