Por: Redacción/

Desde el punto de vista sociológico, la interacción sexual entre varones en el Metro de la Ciudad de México o metreo es un fenómeno por demás interesante, ya que por una parte es una práctica que para realizarse no sólo requiere que una persona identifique a otra, sino que tiene que haber atracción física y compatibilidad de gustos entre ambas, señalan especialistas en el artículo Diálogo de miradas. Un acercamiento al metreo como orden interactivo, publicado en el número 93 de la Revista Sociológica de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM).

El doctor Jorge Lionel Galindo Monteagudo, profesor de la Unidad Cuajimalpa de la UAM, y el maestro César Torres Cruz, candidato a doctor en Ciencias Políticas y Sociales por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) explican que los involucrados tienen poco tiempo para ponerse de acuerdo y buscar la forma de llevar a cabo lo que quieren sin llamar la atención de los demás pasajeros y la mayor parte del tiempo ocurre sin que se digan una sola palabra.

Los autores comentan que “estamos ante un caso sumamente interesante de orden interactivo”.

En febrero de 2011, funcionarios de la Ciudad de México decidieron que los últimos tres vagones de los trenes dejarían de operar a partir de las diez de la noche por motivos de seguridad. Sin embargo, en diversos medios se presentó la versión de que el cierre tenía como finalidad evitar la práctica del metreo.

Estos encuentros pueden analizarse con la ayuda del concepto de orden de la interacción, pues no sólo presuponen una presencia física recíproca y una mutua percepción, sino que también en ellos el lenguaje verbal muchas veces sale sobrando, detallan los especialistas.

Además del carácter impersonal de estas actividades sexuales, los escarceos ocurren en lugares públicos y dado que estos sitios no están diseñados para que la gente tenga acercamientos eróticos, los individuos no sólo enfrentan la contingencia derivada de las dificultades de la coordinación de la acción, sino también aquella que se desprende del carácter clandestino del acto en dicho escenario y de los riesgos que de éstos se desprenden.

Por otra parte, la práctica presume una triple desviación de los programas convencionales, ya que no sólo supone realizar en el espacio público acciones que se consideran propias del ámbito privado, sino que éstas son llevadas a cabo por un sector de la sociedad cuya identidad y prácticas sexuales siguen estando profundamente estigmatizadas: los hombres que mantienen prácticas homo-eróticas.

Si bien es cierto que aunque no es reprobable que una pareja se bese o acaricie en público, tampoco se puede negar que lo que hacen en los últimos vagones del tren rebasa por mucho los límites del decoro público, mencionan los investigadores.

Cualquier acto sexual resultaría escandaloso incluso si fuera llevado a cabo por una pareja heterosexual, pero cuando son cometidas por hombres que se sienten atraídos por otros hombres, el escándalo alcanza niveles extremos y con su acción se desvían de lo que se considera normal en las relaciones al tener encuentros sexuales impersonales.

Por último, Galindo Monteagudo y Torres Cruz consideran que el último vagón del Sistema de Transporte Colectivo Metro ya no es sólo un espacio para transportarse en el que rigen las normas del mandato heterosexual, sino que, mediante este tipo de acciones, se ha convertido en un espacio de movilidad y placer donde la heteronormatividad, sin dejar de estar presente, pierde mucha de su fuerza simbólica al verse cuestionada