Por: Aldo Herrera y Gustavo Ferreyra

Apenas pasan de las 9:30 de la noche, pero en la entrada del lugar la gente sigue llegando por decenas para recibirles y acompañarles antes de que se marchen de nuevo. “Yo me voy como a las 10:00, pero hay gente que se queda más tarde. No se quedan a velar, pero sí se van más de noche”.

“De pequeña mi mamá me dijo que cuando ella muriera esto se iba a perder; por eso vengo cada año, y yo le digo lo mismo a mis hijos, que cuando yo muera quiero que vengan a verme, para que esto perdure, para que no se pierda”, dice en voz baja una mujer con los cabellos pintados de plata, que envuelta por un chal y por el paso de los años, esos que se agolpan entre las comisuras de sus labios y que se dejan caer sobre sus párpados, espera sentada frente a las tres tumbas adornadas con flores multicolores, con cirios y cruces.

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El frío de la noche se va sintiendo menos conforme se consumen las velas, conforme se agrupa la gente y la música alegra lo que antes sólo era tierra, silencio, muerte. Tras la capa de lana -áspera como una lija de agua- que hace juego con el color de sus cabellos, ella explica que cada 2 de noviembre, desde hace más de 15 años, siempre está ahí para esperar la llegada de sus familiares, para recibir de nuevo a sus muertitos dentro del panteón de Capulhuac, en el Estado de México.

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Alrededor, todas las tumbas lucen decoradas desde muy temprano para la ocasión; el cempasúchil, las gladiolas, las flores de terciopelo, de nube, cubren los sepulcros que hoy se convierten en altares en honor a los que hoy vuelven. Amor Eterno, Cien Años, Mi querido viejo y hasta Las Mañanitas suenan una y otra vez entonadas por el mariachi y uno que otro aventurado que toma la guitarra y dedica un tema a los tíos, los abuelos, los padres o inclusive los hijos que ya se fueron.

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Los aromas del copal y de las flores recorren las calles desde la noche anterior. En las puertas de las casas los pétalos naranjas marcan el camino hacia el altar preparado para los visitantes de esta noche. En los mercados, la vendimia permanece despierta acompañando al pueblo en una fecha que se convierte en fiesta. Afuera del panteón, la comida, los dulces, y hasta un carrusel acompañan las lonas de colores, que dan más vida a la fiesta del día de muertos.

Mientras la gente adulta reza a sus difuntos, les canta, come con ellos o les invita una copa, los más pequeños, disfrazados de diablitos, catrinas, hombres lobo y vampiros caminan y corren disfrazados, pidiendo la tradicional “calaverita” haciendo más grande la celebración.

“Aquí tengo a mis papás, a un hermano. Yo vengo desde hace 17 años y voy a seguir viniendo hasta el día que me muera. Así me lo inculcó mi mamá”, dice la mujer mientras refleja en sus ojos, junto con sus recuerdos, la luz de los cirios que adornan una de las tumbas. “Este año yo no las pude adornar, pero pagué a unas personas del pueblo para que las arreglaran”. 150 pesos y la creencia fiel en la tradición permitieron que este año otra vez ella estuviera aquí, con los suyos.

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Seguramente la velada será larga para algunos, y cómo no, si esta es la noche en que los que ya partieron se acercan de nuevo; nos abrazan, ríen, conviven nuevamente con nosotros. Junto con su hija, la mujer ni se inmuta, espera; quién sabe si el año que entra podrá venir a verlos de vuelta. Ella firma que sí, que así lo hará hasta el día en que se muera. Y seguramente lo hará; aunque ya no sea en vida, ella vendrá a disfrutar con su gente, con los que cantan y celebran a la muerte este día. Con los que hacen que el Día de Muertos permanezca con vida.

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