Por: Nilda Olvera/

A comienzos de la primera década del siglo XX, un martes por la mañana el pintor Louis Béroud se dirigió al Museo del Louvre con el objetivo de copiar uno de los cuadros más icónicos de Leonardo Da Vinci, La Mona Lisa, pero al llegar a donde debía estar presente dicha pintura, se percató que la pared estaba vacía.

En aquel instante, Béroud habló con un vigilante para señalar lo sucedido, quien ante la información le indicó que posiblemente habían requerido la obra para ciertos trabajos, pero cuando este último se dirigió a confirmar su conjetura regresó gritando “¡Ha desaparecido, ha desaparecido!” A las 11 de la mañana se cerraron las puertas del Louvre y se llamó a las autoridades francesas, los empleados no sabían, ni percibieron algo extraño durante su jornada, tampoco se percataron que el robo ocurrió un día antes, un 21 de agosto de 1911.

La Gioconda o La Mona Lisa es un cuadro del retrato de una mujer de tez morena y cabello ondulado castaño oscuro, con ojos café claro encima de unas ojeras y sin cejas, una nariz tipo griega y unos labios sonrosados. Sentada de brazos cruzados con un atuendo marrón de mangas color arena, con un manto que cubre parte de su cabeza, pero que deja ver su frente larga y descubierta, acomodada enfrente de un paisaje y posicionada de perfil, pero con el rostro un poco volteado que hacen que de la imagen de que ésta mira al espectador y que le sonríe.

Fue hecha por Leonardo da Vinci un artista italiano nació en 1452. Son varios los orígenes que se le han atribuido a éste, algunos son que Leonardo creó su propio un autorretrato en femenino, que ella salió de su imaginación, no obstante, la más aceptada es la del biógrafo de Giorgio Bassani en la que estableció que ésta es el retrato de Lisa Gherardini, esposa del commerciante Francesco del Giocondo.

Asimismo, varios historiadores han indicado que los datos que presentó Bassani, los realizó sin contar con fuentes oficiales y que La Gioconda es la figura de una madre que ordenó Juliano de Médicis a Leonardo, para poder entregársela a su hijo, el cual era huérfano.

Vincenzo Peruggia fue el encargado del delito, un italiano nacido en 1881 en Dumenza, que emigró a Francia donde laboró de carpintero y posteriormente trabajó un año en el Louvre, antes de que llevara a cabo los acontecimientos. Cabe señalar que cuando lo aprehendieron justificó sus acciones porque sufrió de racismo y rechazos, además de comentarios como “macarrón”, apodo que se le dio de acuerdo a su origen y a sus costumbres; también porque deseaba devolverla al país que ante su percepción le pertenecía originalmente, Italia.

Ese lunes Peruggia aprovechó que era la fecha en el que Louvre cerraba para hacer reparaciones y limpieza y en el que había menos seguridad. Entró a las siete de la mañana vestido con la vestimenta del personal de mantenimiento, con calma y sin generar sospechas de un comportamiento extraño por su parte, se introdujo hasta la sección en el que se exponen las más importantes obras, la cual se encontraba sola y quito La Mona Lisa de la pared.

Bajó las escaleras y al ver que un empleado estaba cerca, optó por separar la tabla de su marco, mismo que él le colocó tiempo atrás, quitó la pintura y la envolvió con una tela y por siguiente la escondió bajo su ropa. Pero cuando caminó hacia la salida, la puerta estaba cerrada, así que esperó a que una persona le abriera con el pretexto de que lo dejaron encerrado y que necesitaba salir, ya afuera se la colocó en la valija y caminó a su pequeño departamento ubicado en la calle Rue De L´Hopital S. Louis.

La investigación ante lo sucedido empezó pronto, se entrevistó a la mayor parte de los trabajadores, pero nunca llamaron a Peruggia. En el cristal se hallaba una huella de un pulgar izquierdo y aunque las autoridades ya empezaban a emplear la identificación con las huellas dactilares, no les sirvió porque en esa época solo se registraban las manos derechas.

Unos de los sospechosos que llegaron a ser detenidos fueron el poeta Guillaume Apollinaire y su entonces amigo el pintor Pablo Ruiz Picasso. Ya que, a Apollinaire tenía en sus manos unas estatuillas egipcias que un amigo le regaló y que con anterioridad hurtó de Louvre.

A conocimiento de eso, acompañado de Picasso, Apollinaire por miedo a que lo culparan por el crimen de La Gioconda, confesó ante los uniformados lo de las estatuillas, pero fue detenido y renegado por Picasso al que igualmente pensaron que era sospechoso, pero pronto los dejaron en libertad.

Al principio, el gobierno pensó que se trató de un chantaje y que el ladrón pediría un rescate, pero pronto al darse cuenta que no aparecía, la desesperación les invadió porque temían la idea de que La Mona Lisa sólo fue arrebatada para ser destruida. Tras la reapertura del museo, la gente hacía enormes filas para poder observar el espacio vacío, aumentado de esa manera su popularidad.

Después de dos años, a finales de noviembre el marchante de arte Alfredo Geri recibió una carta de un hombre que se hacía llamar “Leonardo” y que le estaba vendiendo nada más que el cuadro de La Gioconda, luego de saber que Geri estaba en busca de comprar obras de artes. Pronto se acordaron un encuentro en un hotel de Florencia.

Ya allí Peruggia sacó el cuadro de un doble fondo de su baúl y tras examinarlo y comprobar su autenticidad Geri llamó a la policía, Peruggia fue procesado y juzgado a un año y quince días en la prisión de Florencia. Después de estar en la Galería de los Ufftzi y en el Palacio Farnesio, el 31 de diciembre de 1913, La Mona Lisa se le devolvió al Museo de Louvre.

A la fecha La Gioconda es expuesta detrás de un vidrio de seguridad al público desde inicios de 1950 debido a que un visitante la dañó al echarle ácido. El mito de la enigmática pintura es tema constante ya sea por el misterio de averiguar quién es la joven que sonríe, como de los rumores que señalan que la que se muestra en el Louvre no es la original.