Por: Risso Alberto

La simpática “lechita” blanquiazul caminó ayer por los alrededores del Palacio de Los Deportes. El clásico envase de cartón con el rostro impreso de Graham Coxon en el costado, tapizó mediante playeras y mercancía no oficial las lonas improvisadas que se extendían por el perímetro del Domo de Cobre. Todo tenían un sólo tono y temática: la visita de Blur, banda que, alguna vez  fue estandarte –junto a Oasis–  del brit-pop en los cada vez más lejanos años 90.

Como lo indicaba el boleto, el acceso fue por las puertas 6, 7 y 8 del domo de cobre. Tras un par de escaleras anchas y rojas, la entrada al recinto estaba custodiada por el grupo Lobo quien no sólo revisaba el boleto, también revisaban a las personas para que no pasara cualquier tipo de sustancia ilegal.

Los vasos de cerveza en las manos de cada asistente eran cada vez más y más conforme se avanzaba  para llegar a la sección indicada; en este caso justo a un costado del escenario donde Albarn, Coxon, Rowntree y James presentarían su primer esfuerzo discográfico en 13 años, The Magic Whip, que fue confeccionado en las lejanas tierras de Hong Kong, no sólo con la ayuda de Stephen Street, sino también con la ayuda de terapia psicológica grupal para ahuyentar todas aquellas viejas rencillas entre Coxon y Albarn, que en 2001 representaron la salida del guitarrista de la banda.

Luego de que Hello Seahorse! se encargara de abrir -sin pena ni gloria- el evento, los técnicos de la banda comenzaron a acomodar los instrumentos que los ingleses utilizarían esa noche para el disfrute del mexican fan.

Media hora antes de las 22:00 horas, las luces se apagaron en señal de lo que se avecinaba. Una “cancioncita” propia del señor de los helados sonó por todo el lugar; fue en ese momento cuando Blur salto al escenario.

Albarn, con su habitual altanería, extendía los brazos a todos los asistentes al evento, casi como si estuviera retando a la banda mexicana. Coxon se colgó su Fender Telecaster color café para distorsionar su sonido hasta que se escucharon los primeros y pesados acordes de Go Out, la rola con la que regresaron a la escena musical mundial hace un par de meses.

There’s No Other Way representó el inicio de un pequeño viaje a la nostalgia noventera, con su rito que por instantes recordaba a la música producida en el Reino Unido en los años 60.

Lonesome Street, Badhead y Ghost Ship fueron las siguientes en set, y también la siguientes en ser coreadas por la banda. Damon, mientras tanto, se bajaba del escenario para llegar a su público, para poder saludarlo y poder decirles gracias.

Una de las mas coreadas de la noche tenía nombre y, muchas veces, historia detrás de si. Coffee and TV logró que a mas de una persona le brotaran lagrimas mientras dejaban escapar a cada estrofa los recuerdos e historias dentro del domo de cobre.

Paradójicamente, en la parte final de la misma, Albarn pareció un poco frustrado; this is very difficult”, decía mientras alentaba al público para que cantaran. Oh, we can start over again.

El nostálgico viaje se adentraba cada vez más, cuando la banda revivió para los asistentes Out Of Time, del  Think Tank de 2002; pero lo fue aún más con la sorpresa que representó Country Sad Ballad Man -original del disco homónimo-, que no interpretaban desde el 2000, un año antes de su separación.

La guitarra llena de feedback de Coxon y su acompasado ritmo distorsionado, dieron comienzo a uno de los highlights de la noche; Beetlebum que estalló el ánimo general: he’s on, he’s on, he’s on it/he’s on, he’s on, he’s on it; para luego ofrecer un corte de su “Látigo Magico”, Though I Was A Spaceman con claras influencias del trip-hop con el que Albarn había estado trabajando en sus diferentes proyectos como The Good, The Bad and The Queen y más recientemente en su álbum solista Everyday Robots.

Tras una hipnótica entrega de Trimm Trabb con todo y su freak-out sónico, sonaron las primeras notas de Tender rola que -literalmente- iluminó el foro con miles de celulares moviéndose al compás marcado por la voz de Coxon. Oh my baby/ oh my baby /oh why / oh my .

De inmediato, conectaron Tender con Ong Ong, su sencillo mas reciente y que pinta para ser la próxima  Coffee & TV.

Un aproximado de diez personas fueron las que tuvieron la fortuna de ser invitadas por la banda a subir con ellos al escenario mientras entregaban una acelerada y enérgica versión de su clásico Parklife del 94′ mientras -sin mentir- todo el Palacio de los Deportes  se cimbraba por tanto brinco y baile.

Para cerrar la primera parte del set, arribaron a los oídos del publico los noventas a plenitud. Un ritmo de batería familiar comenzó a sonar, y con el las onomatopeyas woo-hoo, la antesala para Song 2, con la que según la banda ‘los promotores musicales mundiales nos los contratarían en los festivales alrededor del mundo’. Para estas alturas, la banda ya había consumido mas que cerveza en vasos de color negro, el olor a marihuana se sentía fuertemente por todo el ambiente del recinto.

To The End y This Is A Low llenaron de una calma musical al publico que para las 23:00 horas ya daba muestras de cansancio debido a toda la emoción desbordada a lo largo de este viaje nostálgico que estaba por concluir.

Un pequeño break de 10 minutos fue la excusa de la banda para descansar y regresar al escenario reclamando para sí mismos el Palacio. Para no dejar nada pendiente, Blur cerró el show con tres de las rolas mas emblemáticas de su carrera, Girls & Boys, For Tomorrow y The Universal. En esta última, la entrega de la banda y el publico llegó a  una especie de comunión musical climática.

Adiós, muchas gracias, decía Albarn mientras se tocaba el corazón en señal de agradecimiento. No vemos la proxima, son los mejores, en verdad lo son, dijo antes de darse la vuelta, agarrar su chamarra Fred Perry y bajar las escaleras ubicadas a un lado del escenario.

Hay que decirlo, faltaron Country House, End Of A Century, Music Is My Radar, On Your Own y There Are Too Many Of Us. También hay que decir que el sonido falló a momentos, aunado a esto la ineficaz acústica del recinto no ayudo en nada.

Pero también hay que comentar, que el valor de Blur no radica en el sonido que pueda tener o no en un recinto, ni la cantidad de asientos vendidos en el Palacio. El valor verdadero de Blur radica en sus melodías, en lo que encierran sus acordes, tonos y letras, pero sobre todo los sentimientos e historias que hay detrás de cada una de ellas.Que para algunas personas conforman el soundtrack de su vida.

Sí, esto es un Blur.

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Foto: Especial/Ocesa