Por: María Manuela de la Rosa Aguilar/

Con motivo de esta pandemia del Covid-19, recientemente se ha retomado una  desafortunada declaración de Christine Lagarde, ex directora del FMI, que en diciembre del 2017, sin el mayor empacho,   afirmó en Washington que “los ancianos viven demasiado y tenemos que hacer algo porque ya son un peligro para la economía”. Así que la longevidad se está tomando ya como un “factor de riesgo” ¿Los ancianos? Tenía entonces 61 años, hoy tiene 64. Un anciano es por definición una persona de avanzada edad, por supuesto que más  de 60 ya es una avanzada edad. Increíble la falta no sólo de sensibilidad, sino de empatía. Entonces nadie dijo nada. Los ancianos no tienen quien abogue por ellos

Por otro lado, vemos que ante la contingencia, el presidente de El Salvador decidió tomar medidas severas para mantener bajo estricto control a los pandilleros de la Mara Salvatrucha, que se encuentran en las cárceles de ese país, puesto que son una gran amenaza para la seguridad. Entonces de inmediato José Miguel Vivanco,  director para las Américas de Human Rights Watch, salió en defensa de estos delincuentes, alegando que debido a la pandemia del Covid-19, las cárceles son un epicentro del brote. Pero no podemos soslayar que la Mara Salvatrucha  está considerada como el grupo criminal más peligroso del mundo.

Si bien libertad, justicia, paz y la vida son derechos intrínsecos del hombre, garantizados universalmente, también pueden perderse por cometer delitos y aquí, con los grupos criminales no hablamos de cualquier ilícito. Recordemos los delitos de lesa humanidad, que son todos aquellos especialmente atroces, inhumanos, que son generalizados y sistemáticos contra la población civil, como son el homicidio, la esclavitud, la violación, la tortura, la desaparición forzada… ¿y qué hacen, si no, estos grupos plenamente organizados y consolidados como la Mara o como los cárteles? Ah; pero no, se trata de estos mismos crímenes, pero los cometidos para aplicar las políticas de un Estado o una organización.

Pues bien, ¿no son éstas organizaciones en toda forma? ¿o se requiere que estén registradas ante la autoridad hacendaria o reconocidas por las Naciones Unidas? Porque sólo así su enjuiciamiento tendría jurisdicción universal. Y mientras, los diversos organismos de derechos humanos, que viven de las aportaciones emanadas de los impuestos de todas las naciones,  se ocupan con demasiado esmero a defender los derechos de los delincuentes.

¿Quién defiende a los ancianos, a gente que por décadas fue productiva, a los que han hecho que la economía legal funcione?, porque la ilegal ya sabemos quien la mueve.

Nos olvidamos que los ancianos que reciben una pensión se la han ganado a pulso a lo largo de toda una vida de trabajo productivo. Nadie les ha regalado nada, la seguridad social, a la que tienen derecho, no se las ha concedido el Estado de manera gratuita, al contrario, ellos han contribuido a que su país crezca, prospere y se enriquezca. El FMI olvida que los trabajadores, cualquiera que sea, reciben un salario porque producen, no es una dádiva. El PIB mundial alcanza para eso y más. A Lagarde se le olvida que ella y muchos líderes sobrepasan los 60as, y los que no, si logran sobrevivir a esta pandemia, llegarán a ser ancianos y reclamarán sus derechos, a menos que la plusvalía de la política sirva sólo para generar desigualdades.

Y esta discriminación a los ancianos ya se contempló en los protocolos de atención a los pacientes con Covid-19, porque claramente se anunció que no serían la prioridad, argumentando que son los más susceptibles a morir; sin considerar que este virus es invisible, silencioso y mortal; que no discrimina, porque lo mismo mueren jóvenes que adultos (de eso ya están dando cuenta las estadísticas). Gente joven y sana está muriendo víctima del Covid-19. Así que no se justifica privar de una debida atención a los ancianos, con los que se tiene una deuda.

Y si de economía hablamos, los ancianos, que trabajando toda una vida, pueden disfrutar de una pensión, contribuyeron a la economía del país, muy posiblemente al conocimiento, a la ciencia, al arte, a la cultura, porque cada uno ha ido dejando su propia herencia, no sólo material, sino intangible, con sus aportaciones personales, con la sabiduría acumulada. Pero además, la inversión de años de preparación; cuando se trata de intelectuales o científicos, de investigadores, de periodistas; todos ellos un cúmulo de esfuerzos, de estudios y experiencia, de las cuales no queremos  abrevar. Y no se toma en cuenta el tiempo que tarda una persona en prepararse, los años de estudio, la habilidad; son miles y miles, tal vez cientos de miles o millones, cantidades de dinero invertido que no se quieren aprovechar.

Este mundo es el resultado no sólo de las aportaciones de Mozart, de Einstein, de Platón, de Pitágoras y Aristóteles…. De los miles de hombres y mujeres que han dejado un legado milenario. También los millones anónimos que día a día se van de este mundo heredándonos multitud de bienes.

Los ancianos no son desechables, son nuestro pasado y nuestro camino al futuro. No valorar sus aportaciones a la humanidad nos conducirá irremediablemente a nuestra propia degradación, porque eso es lo que estamos enseñando a los jóvenes, a no valorar la experiencia, la sabiduría de los años y los méritos acumulados.

En este aprendizaje estamos dejando señales equivocadas, en donde sólo los delincuentes, que tienen el poder de la fuerza, del dinero, la violencia y la ignorancia, son los únicos que deben ser protegidos por las instituciones. Y los débiles, los ciudadanos ejemplares, los que han hecho méritos, ellos no, porque no cuentan.

Esta política retorcida va directo a la destrucción de la humanidad. Lo estamos viendo ahora en la pandemia, con la insensibilidad ante el dolor, la indiferencia, la desinformación, con el poco o nulo apoyo a los que están al frente combatiendo en esta guerra irregular, no sólo los uniformados de verde olivo o azul, sino los de bata blanca, que están cayendo heroicamente, sin que el Estado se inmute siquiera.Como si los poderosos no fueran potenciales víctimas, aunque ya han caído varios; y pareciera que el riesgo está fuera de su radar y sólo las masas estuvieran en riesgo. Se les olvida que la Historia ya nos ha enseñado que ante una pandemia siempre caen ricos y pobres, jóvenes y viejos, reyes, nobles y plebeyos.

Las cifras han aumentando tanto que ya en el mundo, al 2 de mayo, hay casi 3’130,000 contagiados  (hace una semana eran 2’700,000) y han muerto alrededor de  214,000 personas, con una letalidad de 6.8 % (hace una semana eran 193,671, con un porcentaje de letalidad del 7%). Sólo en México casi llegan a los 20,000 contagiados (hace una semana 11,633), o sea, que en una semana los contagios se duplicaron;  y han muerto unos 2,000, esto es, una letalidad del 10% (hace una semana eran 1,221, con un índice de letalidad del 10.49%).

Estas cifras deberían hacernos reflexionar. No se trata de desechar, sino de aportar todo el acervo que como humanidad hemos heredado. Eliminar el mal y salvar vidas, para hacer de este un mundo mejor, de verdadera humanidad.