Por: José Sánchez López 

En la actualidad, el término policía, uniformado o civil, de la corporación que sea, es relacionado por el ciudadano común con abusos, atropellos y corrupción (desde luego con sus respetables excepciones), a diferencia de la década de los años 50’s del Siglo XX, cuando el Servicio Secreto Mexicano era considerado, a nivel internacional, como una de las mejores policías del mundo.

En esa época, agentes de corporaciones de otros países eran enviados a México para aprender de los mexicanos, situación contraria a la actualidad, ya que ahora la mejor carta de presentación de los policías es el haber tomado cursos en el extranjero.

En 1917, tras el crecimiento demográfico en la Ciudad de México, fue creada la Comisión de Seguridad del Distrito Federal y 21 años después, en 1938, durante el mandato del general Lázaro Cárdenas del Río, cambió su nombre por el de Servicio Secreto, denominación que
prevaleció hasta 1976, cuando asumió la Presidencia José López Portillo.

López Portillo ordenó la desaparición del Servicio Secreto y dio paso a la tenebrosa División de Investigaciones para la Prevención de la Delincuencia, dirigida por  su amigo, Arturo El Negro Durazo Moreno, y los temidos comandantes Salomón Tanuz y Francisco Sahagún Baca.

El Servicio Secreto fue la época dorada de los grandes investigadores, hombres vestidos de manera elegante, de obligado traje, gabardina y sombrero, atuendo que sólo abandonaban cuando se disfrazaban de todo, a fin de seguir la pista de algún caso intrincado, ahora se les llama ‘trabajos de inteligencia’.

Era común ver a los detectives vestidos como pordioseros, comerciantes, albañiles o de cualquier otro personaje, para poder sumergirse en el sórdido mundo del hampa y llegar hasta el fondo del asunto a su cargo.

No eran hermanas de la caridad, ni blancas palomas, tenían controlada al hampa  por lo que la gente los respetaba o les temía; eran los tiempos en que la policía estaba por encima de los
delincuentes y no como ahora, –de nueva cuenta, con sus honrosas excepciones–, que los tiene en su nómina.

Desde luego, en ese tiempo la realidad era otra a la actual, pues debe acotarse que la inseguridad crece en la medida en que se les da más garantías a los delincuentes que a los policías.

Valente Quintana (izq.)

Valente Quintana (izq.)

Entre los hombres más destacados del Servicio Secreto, figuraron Valente Quintana, Martín Cruz Carreño, Alfonso Frías, Silvestre Fernández Cervantes, Manuel Mendoza Domínguez, Alfonso Frías, Benjamín Mariblancas, Luis Uriarte Romero, Humberto Moncada, José Luís López Hernández y, desde luego, Rafael Rocha Cordero, muchos de los cuales
llegaron a ocupar la titularidad de comandante en jefe.

El cuartel se localizaba atrás del viejo edificio de la Lotería Nacional. Las celdas se encontraban en los sótanos, donde los arrestados, aunque hubiesen cometido delitos menores, tenían que pasar de 15 a 30 días en las lúgubres mazmorras.

Mediateca del INAH

Mediateca del INAH

El esclarecimiento y detención del primer asesino serial en México, “El Estrangulador de Tacuba”, Gregorio “Goyito” Cárdenas Hernández, corrió a cargo del coronel Rafael Rocha Cordero, “El Gallo”.

El detective Simón Estrada Iglesias, se hizo famoso por haber desmantelado una red de estafadores internacionales que formaban la banda de “Los Argentinos”.

Uno de los casos que cobró mayor relevancia, por la saña con que se cometió el crimen, fue el asesinato del sacerdote Juan Francisco Fullana Taberner, en 1956, en la iglesia de Nuestra Señora de Fátima, situada en la calle de Chiapas número 107, en colonia Roma.

Quien se encargó personalmente de investigarlo, fue el entonces jefe del Servicio Secreto, Manuel Mendoza Domínguez, hasta que detuvo a José Valentín Vázquez Manrique, alias “Pancho Valentino”, un ex torero y luchador, quien finalmente muriera cautivo en las Islas Marías.

Los casos de Higinio Sobera de la Flor, “El Pelón”, asesino serial, considerado uno de los más peligrosos psicópatas de la época y el de Santiago Reyes Quezada, “El Capitán Fantasma”, famoso por sus numerosas fugas, fueron otros de los asuntos resueltos por detectives
del Servicio Secreto.

Hubo otro caso cuya resolución le valió al agente Martín Cruz Carreño, ascender al grado de comandante. Fue el asesinato de dos ancianos, prestamistas, en el que el único testigo fue un loro.

Agentes del Servicio Secreto muestran el piolet con el que Léon Trotsky fue asesinado en la Ciudad de México el 21 de agosto de 1940.

Agentes del Servicio Secreto muestran el piolet con el que Léon Trotsky fue asesinado en la Ciudad de México el 21 de agosto de 1940.

Cruz Carreño, prácticamente adoptó como su mascota al ave y luego de interrogatorios, sin ‘tehuacanazos’ ni torturas y toda vez que uno de los asesinos era conocido de las víctimas, logró obtener indicios que lo llevaron a detener a los culpables. Ello le valió ascender y a partir de entonces se decía del comandante Cruz que hacía hablar ‘hasta los pericos’.

Pero sin duda, el investigador más sobresaliente fue Valente Quintana González, iniciador de la creación del policía de carrera, cuyo trabajo dejó en claro que los mejores investigadores salieron de las filas de los uniformados que son el primer contacto con la gente.

Fueron muchos sus éxitos, como la investigación, en primera instancia, del asesinato del general Alvaro Obregón Salido, muerto el 17 de julio de 1928, cuando, como presidente electo, comenzaría su segundo mandato el uno de diciembre de dicho año.

Su fama era tal, que en 1952 se filmaron dos películas, que trataban sobre la vida del comandante Quintana: “El Misterio del Carro Express” y “El Mensaje de la Muerte”, fueron las cintas, basadas en sus trabajos de investigación.

Al ser considerado casi como infalible, un excéntrico millonario, español, Carlos Balmori, que había escuchado de la sagacidad de Quintana, lo retó para que resolviera un caso que lo afectaba de manera personal.

Le dijo que todas las noches, una mujer que se disfrazada de hombre le robaba grandes cantidades de una de sus fábricas y estaba seguro de que esa noche, cuando ofrecía una gran fiesta, asistiría la ladrona con el propósito de robarle y burlarse de él, por lo que lo contrató
para desenmascarara a la mujer.

El comandante Quintana aceptó el encargo, pero simultáneamente rechazó un abultado cheque que le ofreció Carlos Balmori por resolver el caso.

El investigador echó mano de todas sus habilidades para detectar a la ladrona, pero después de múltiples y fallidos intentos, tuvo que admitir su derrota y, desconcertado, se dio por vencido.

Fue entonces cuando el millonario Balmori, comenzó a burlarse del detective por su ineficiencia, al tiempo que se despojaba de sus ropas y de su atuendo masculino, barbas y bigote, hasta mostrarse como una anciana.

Se supo entonces que Carlos Balmori, era en realidad la señora Concepción Jurado, una millonaria, excéntrica y travestida anciana, pero divertida y jocosa mujer, que llevaba años haciéndose pasar por Carlos Balmori solamente para gastarle bromas a sus amistades.

Como Carlos Balmori, Conchita Jurado llegó a codearse con encumbrados políticos, militares y magnates, mediante un buen número de amigos que se hacían pasar como secretarios, sirvientes, doctores o empresarios, situaciones a las que la anciana llamaba “balmoreos”.

Esa fue, sin duda, la época de oro de la policía mexicana conformada por verdaderos investigadores, que, infortunadamente, ha venido de más a menos, aunque desde luego sigue habiendo policías buenos y malos.

 Fototeca del Acervo Histórico Diplomático. Agentes del Servicio Secreto participaron en el diseño del esquema de seguridad que se puso en marcha durante la Visita de John F. Kennedy a la Ciudad de México en 1962.

Fototeca del Acervo Histórico Diplomático. Agentes del Servicio Secreto participaron en el diseño del esquema de seguridad que se puso en marcha durante la Visita de John F. Kennedy a la Ciudad de México en 1962.