Por: César Dorado/

Creador de relatos de intriga en los que dio vida al detective Sherlock Holmes y el doctor John H. Watson, Sir Arthur Conan Doyle representa una de las grandes referencias de la literatura universal pues, equiparable a Miguel de Cervantes Saavedra y la creación de Don Quijote de la Mancha, plasmó en sus obras vivencias personales de la guerra y demandaba, a través de sus textos, errores judiciales de su época.

Nacido en 1859 en Edimburgo, Escocia, Conan Doyle creció en el hogar de un padre alcohólico y una madre que, apasionada por la literatura y con gran talento narrativo, inculcó en su pequeño hijo un amor hacia las letras y los relatos fantástico, mismas historias que el propio Arthur plasmaría en su autobiografía muchos años más tarde: “En mi primera infancia, hasta donde puedo recordar algo, las historias vívidas que me contaba se destacan tan claramente que ocultan los hechos reales de mi vida”.

Aunque carentes de dinero, la educación de Arthur nunca se vio afectada, pues a la edad de nueve años la familia adinera de los Doyle se hizo responsable de sus estudios, lamentablemente esto traería consigo su traslado de Escocia a Inglaterra en donde pasaría siete años en un internado jesuita, en donde ya se comenzaba a vislumbrar las primeras señalas de un joven rebelde e inconforme con la intolerancia del sistema.

Y aunque su periodo en el internado fue triste, fue durante esos años, mientras escribía cartas a su madre, que el joven estudiante se dio cuenta del talento nato que portaba para contar historias. Fui así que a la edad de 17 años que se gradúa para por fin enfrentar a un mundo cruel que esperaba a Arthur Doyle (como era llamado por sus colegas del colegio) “Tal vez fue bueno para mí que los tiempos fueran difíciles, porque yo era salvaje, de pura sangre y un poco imprudente”.

Irreverente y rebelde, el escritor, quien proveía de una familia inmiscuida en las artes, decidió inclinarse por la carrera médica en donde conoció a futuros literatos como James Barrie y Robert Louis Stevenson. Sin embargo, rodeado de talentos puros, la admiración del joven estudiante de medicina se inclinó por el Dr. Joseph Bell, quien impartía las clases de observación, lógica, deducción y diagnóstico, cualidades que se postrarían en la esencia pura de Sherlock Holmes.

Un par de años más tarde y con la continuación de sus estudios, Conan Doyle probó suerte y lanzó su primer escrito “El misterio del valle de Sasassa” (1879) en donde se evocaba el estilo de Edgar Allan Poe y Bret Harte, estilo que lo llevó a ser publicado en la revista Chamber’s Journal, misma que había publicado el primer trabajo de Thomas Hardy.

Fua así que, inspirado, ese mismo año publicó “The American Tale”, publicando en London Society, momento relevante para la vida del autor pues incluso años más tarde escribió “Fue en este año que supe por primera vez que los chelines se podían obtener de otra manera que no fuera llenando frascos”.

Con los años venideros y dado el éxito de sus publicaciones y el término de sus estudios, Conan Doyle se encontró en una lucha constante por ejercer de manera profesional su profesión o dedicarse a ser un autor reconocido, decidiéndose por la segunda.

Es así como para el año de 1886 comenzó a escribir la obra que lo llevaría a los anales de la historia.

Aunque en su comienzo se llamó “Tangled Skein” y sus personajes principales eran Sheridan Hope y Ormond Sacke, dos años más tarde y bajo correcciones, la novela se publicó en la publicación anual de Navidad de Beeton, bajo el título “A Study in Scarlet”.

Y aunque su éxito lo llevó a estar en boca de todos, fue en 1893 que decidió darle muerte a su personaje, sin embargo, para 1902, bajo la presión de sus lectores, publicó “El sabueso de los Baskerville” sin dejar de lado la esencia pura del detective; afición a la cocaína, destreza en la música (sobre todo con el violín), bruscos accesos de euforia y de melancolía, misoginia y, por supuesto, patriotismo al servicio indiscutible del imperio inglés como dictaba el imperio victoriano.

Con los años posteriores a la publicación del primer texto de Sherlock, el escritor realizó textos alternos en donde lograba enmarcar muy bien sus vivencias de la guerra y las situaciones políticas que se vivían en el mundo como en “La guerra en Sudáfrica” (1900), y “The British Campaign in Flanders” (1916-1919).

Aunque comprometido con la época y la literatura, el escritor también publicó textos por los cuales se le enjuició, como “The Lost Word” (1912) y “The Poison Belt” (1913) en donde incursiona dentro del mundo de la ciencia ficción. Con ello, y tras la muerte de su hijo en una trinchera durante la primera guerra mundial, el escritor se dedicó a difundir el espiritualismo a través de “The Wanderings of a Spiritualist” (1921) y “The History of Spiritualism” (1926), siempre con un entusiasmo y desmesura indescriptible.

Los últimos años de su vida se vieron inundados de miseria por mal gastar gran parte de su riqueza en la búsqueda de su sueño esotérico, sin embargo, nunca dejó de lado ese carácter cómico y lleno de vivas energías. Sir Arthur Conan Doyle Murió el 7 de julio de 1930 profanando sus últimas palabras a lo que él llamó “la aventura más grande y gloriosa de todas”, susurrando: “Eres Maravillosa”