Por: César Hernández Dorado/

Padre de la crónica moderna mexicana y considerado por muchos como el último intelectual público mexicano, Carlos Monsiváis fue el hombre que a pie pudo trazar las formas del México contemporáneo, viajando en el tiempo de las palabras y el análisis histórico para mostrar la cara de todos los rincones de una ciudad que evolucionaba y se estancaba cada vez más en la negación de su propia esencia.

El trabajo narrativo de Monsiváis escaló el peldaño que intelectuales como Carlos Fuentes o el propio Octavio Paz no quisieron escalar, pues fue su acercamiento con el barrio y la marginalidad lo que ayudó a que el escritor lograra contrastar al México desigual en donde puede ocurrir “el horror o la buenaventura”, en donde las funciones de lucha libre se empapa con la furia de “¡Querer sangre!” y la semana santa cambia su rumbo de fe y se proyecta en televisión y su característica “falta de carisma”.

Y en ese ir y venir por las calles del centro histórico, observando cualquier situación que representara un ejemplo de la mexicanidad, Monsiváis logró descifrar un adjetivo que hasta la fecha sigue imperando en el lenguaje mexicano; lo naco, la naquiza, el ser un naco y aquello que lo conforma. Ahora que el tema del racismo en México ha vuelto a retomarse como un asunto de suma importancia y que debe de erradicarse, es fundamental repensar lo que el maestro del ensayo escribió en 1970 sobre lo naco, una palabra muy bien tomada en el lenguaje de la población.

En México, donde más del 50% de las personas reconoce que se le insulta por su color de piel y en donde aquellos que tienen piel más clara ocupan puestos de actividades de media y alta calificación, de acuerdo a la Comisión Nacional para Prevenir la Discriminación (Conapred) y el Módulo de Movilidad Social Intergeneracional del INEGI 2017, impera el uso de un lenguaje que desprecia y ejemplifica cómo es el racismo a la mexicana a través de sus palabras.

Para su primer libro de crónicas, “Días de guardar” (1970), Carlos Monsiváis camina, se va disolviendo en la cotidianidad de la ciudad y toma cualquier situación de masas para comenzar a hacer una crítica sobre ese evento para así, cuando llega al domingo a partir de las dos o tres de la tarde, comenzar a ver “una gama implacable de seres ordinarios y de seres extraños”, primero aquellos de La Onda, y a su lado van caminando los Nacos, la Naquiza.

El escritor, describiendo el cómo fluyen diferentes personalidades sobre el mismo espacio, se acerca a la Naquiza y describe al “Naco, dentro de este lenguaje de discriminación a la mexicana” como el equivalente de lo “proletario, lumpenprolatario, pobre, sudoroso, el pelo grasiento y el copete alto, el perfil de cabeza de palenque, vestido a la moda de hace seis meses, vestido fuera de moda o simplemente cubierto con cruces al cuello o maos de doscientos pesos”. En un sentido sarcástico a esa moda “de hace seis meses” y cómo es que el racismo y la discriminación se reflejan en el cómo viste el otro, el cómo incomoda todo eso que está en lo naco.

Según Sandra Strikovsky, lo naco es un ejemplo del término del lenguaje coloquial cuya definición no parece clara, y, sumando lo que mencionó en su momento la antropóloga Martha Delfín, aunque se intente por crear como un término positivo que se defiende por el contexto en que se desarrollan las personas nunca dejara de ser ofensivo.

En el estudio sociolingüístico de Strikovsky de 2009, lanzó que la mayoría de las personas relacionan esta palabra con una persona que tiene acciones groseras o desconsideradas y que también la palabra se utiliza de manera humorística entre personas de confianza pero que se omite en espacios públicos.

Sin embargo, aunque se intente esconder o sólo se utilice “cuando se es pertinente” al usar el término se esconden muchos elementos que se critican, como el estilo de vida, los gustos y la misma personalidad.

Monsiváis apunta que Naco también “es los anteojos oscuros a la medianoche, el acento golpeado, el futbol llanero, el vapor general… el pelo a lo pachuco con desviación hippie, la confesión en torno del cachuchazo (sexo), las canciones gringas de moda, el diente de oro, los estudios interrumpidos en el segundo semestre de inglés, el astro de cine que toma tres baños diarios de vapor para no verse tan prieto”.

Pero, aunque en su estructura, lo Naco manifieste racismo y odio puede que sea “el insulto que una clase dirige otra y que-historia de los años de fuego- los mismos ofendidos aceptan y esgrimen como insulto, pudiendo perfectamente hacerlo como autoelogio”, pero que no termina de salir del lenguaje diario de esa ciudad que fue desnudada por Carlos Monsiváis, una ciudad llena donde impera el horror, pero también la “buenaventura”.