Por: César Dorado/

Acercarse a la literatura de Bokowski es, quizá, el comienzo de un camino que nos guiará más tarde a las letras de Burrought, Kerouac, Ginsberg y toda la generación Beat, esa generación que, en un intento por narrar la otra cara de Estados Unidos sumida en la marginalidad y el desconsuelo, se fue extinguiendo bajo los estragos de las drogas, el alcoholismo y los problemas emocionales des sus escritores.

No fue la narrativa en sí de sus textos, o la reinvención de una nueva forma de escribir con pocas figuras retóricas y sin contar con elementos poéticos y misteriosos que se venían en la literatura norteamericana de mediados del siglo XX, pero la sencillez de sus personajes, la poca sublevación emocional de su personalidad y los escenarios cotidianos han hecho que las letras de Charles lo lleven a ser uno de los escritores más controversiales de su época y que hasta ahora, sigue siendo uno de los favoritos en los jóvenes.

Desde historias que cuentan lo que posiblemente fuera su propia vida, basta de indecencia, marginalidad, pobreza, un empleo como cartero y los días ahogados en alcohol, Bukowski desmembró la idea del famoso “sueño americano”, pues el propio sufrimiento de una vida marcada por las heridas que dejó un padre violento lo llevaron a crear esos relatos crueles con los que podrían identificarse miles de personas marcadas por esa misma violencia y pobreza.

Nacido en Alemania y nacionalizado estadounidense, la vida desolada de este escritor fue lo que años más tarde enriquecería su trabajo literario, pues forjaría un carácter transgresor en el que aprovecharía su caótica vida para narrar lo que también les sucedía a millones de personas estadounidenses.

Bukowski es el claro ejemplo del escritor empobrecido que se ve forzado a trabajar en otro oficio y tomar la escritura como una alternativa de desapego de la realidad, para así equilibrar la amargura y decepción que ya lo venía persiguiendo desde joven con la violencia social que lo juzgaba por su mal aspecto, misma situación que lo harían un hombre osco y de temperamento colérico.

Y fue ese temperamento lo que hizo que la vida académica del autor no triunfara, haciendo que buscara trabajo en fábricas y demás lugares porque al final, sólo quería tiempo para leer y escribir. Pero no fue su talento como escritor lo que le dio esa popularidad en un comienzo sino la insistencia por querer que sus textos se leyeran “No soy bueno, soy insistidor” decía.

Ese espíritu lo llevó a publicar en la revista Story un cuento, situación que atraería la atención de un representante que le ofrecería al escritor un trato para llevar su carrera literaria a otro nivel, misma situación que el autor rechazaría, muestra de las inseguridades de un hombre atormentado por la  desolación.

Sin embargo, ante el cuestionamiento de si es mejor conseguir el éxito o enfrascarse en el fracaso, Bukowski se alejó de la escritura y se refugió en una carrera profesional con el alcoholismo. Diez años más tarde decide salir de ese capítulo y escribe “Cartero” (1971), una novela casi autobiográfica inspirada en el estilo del realismo sucio que había comenzado John Fante en 1939, un estilo que se desprende de todo elemento narrativo y sólo toma la precisión y la sobriedad para contar sus historias.

Ese tipo de elementos literarios son los que hicieron de las letras de Bukowski algo sencillo de leer, pero contundente, pues sus personajes nunca evolucionan, siempre se queda en esa mediocridad en la que nacen, como si uno mismo que lo leyera fuese uno de esos personajes y se apropiara de las historias, pero que al final demanda la desigualdad social y los grabes problemas de autoestima en los que rondaba la sociedad de los Estados Unidos.

Rompe con los esquemas del arte como moderadora de emociones y que modifica la realidad hasta convertirla en un elemento con un alto contenido poético y existencial, en los personajes de Bukowski eso no pasa, todas las situaciones sólo son y se quedan estancadas ahí, en una situación cotidiana.

Considerado como un elemento clave de la generación Beat, para otros es un escritor que solamente se lee como un pasatiempo de adolescencia donde todo se estanca y los cambios no son bien recibidos. No cuenta con los elementos que tuvo Burrought con “El almuerzo desnudo” (1959) y que hasta la fecha siguen siendo indescifrables, o con la crítica social profunda de Kerouac, pero si con una vida bohemia en la que miles quisieran desempeñar un papel de escritor que quieren llegar a ser exitosos, a través de la incomodidad y poniendo en juicio lo políticamente correcto.