Por: Redacción

Definido como uno de los hombres fundamentales de la vida cultural de México de la segunda mitad del siglo XX y de inicios del XXI, al académico, traductor, poeta, novelista, abogado, analista político y activista social, Carlos Antonio Montemayor Aceves (Parral, Chihuahua, 13 de junio, 1947–Ciudad de México, 28 de febrero, 2010) también se le recuerda como un cantante de ópera.

Se sabe que el Premio Nacional de Ciencias y Artes, en la categoría de Lingüística y Literatura (2009), cuando estudiaba la secundaria, aún en Chihuahua, quiso estudiar música en México, incluso entrar al Conservatorio Nacional, pero su padre lo persuadió de estudiar otra carrera.

En vida, el miembro de número de la Academia Mexicana de la Lengua señaló que su gusto por la ópera fue una pasión que nació desde que era estudiante en la universidad, en la cual lo apoyó el maestro de canto Roberto Bañuelas, fue así como tuvo la disciplina de dedicar todos los días unos minutos a la vocalización.

Por su pasión a la música tradujo las Odas de Píndaro y Carmina Burana, incluso escribió el libreto para la ópera Encuentro en el ocaso, con música de Daniel Catán, que fue estrenada el 2 de agosto de 1980. Grabó varios algún material musical, en 2002 apareció El último romántico, disco compacto con 12 piezas de arte cantadas por el también tenor acompañado en el piano por Antonio Bravo. En 2005 produjo un álbum doble, Canciones napolitanas e Italianas y en 2007 presentó Canciones de María Grever.

El escritor y catedrático universitario ecuatoriano-mexicano Vladimiro Rivas Iturralde aseguró en un texto escrito en memoria de Carlos Montemayor que a él le gustaba cantar, que con frecuencia interrumpía o clausuraba las reuniones, tanto de amigos como académicos, con su canto.

“Una vez dio una conferencia magistral en la Unidad Azcapotzalco de la UAM, al final del diálogo con el público se dirigió a mí para pedirme le acompañara en el dueto de Rodolfo y Marcello en el último acto de La Boheme, de Puccini. Llegué a escucharlo en grabaciones comerciales de canciones italianas y justo es decir que, aunque había tomado clases con el barítono Roberto Bañuelas, su canto fue siempre el de un diletante, con afinación poco ortodoxa”, escribió Rivas Iturralde.

El autor de las novelas Guerra en el paraíso (1991), Los informes secretos (1999), La rebelión indígena en México, La guerrilla recurrente, Rehacer la historia y Pueblos indios en México, y La violencia de Estado en México, dedicó gran tiempo de su vida al trabajo crítico, a la tradición oral y a la literatura escrita en varias lenguas indígenas de México.

Coordinó las colecciones de 50 volúmenes bilingües de Letras mayas contemporáneas de la península de Yucatán y del estado de Chiapas de 1994 a 1998. Fue analista político en el periódico La Jornada y la revista Proceso, e impartió diversas conferencias sobre temas políticos y literarios en varios países.

Su interés en los pueblos originarios se plasmó en Los tarahumaras: Pueblo de estrellas y barrancas (1999), Arte y trama en el cuento indígena (1998), La voz profunda: Antología de la literatura mexicana en lenguas indígenas (2004), y los tres tomos bilingües de Words of the true peoples.

Su interés por las lenguas indígenas comenzó a finales de los setenta cuando le pidieron que revisara una antología de cuentistas oaxaqueños y fue tan determinante que no pudo despegarse del estudio y difusión de ellas.

A lo largo de su vida le fueron otorgados distintos reconocimientos, como el Premio Internacional Juan Rulfo, por su cuento Operativo en el trópico; el Premio Xavier Villaurrutia por Las llaves de Urgell. También recibió el Premio José Fuentes Mares por su libro de poesía Abril y otras estaciones.

También recibió el Premio de Letras del Estado de Chihuahua Tomás Valles Vivar en 1985 por el conjunto de su obra, así como el Premio Ciencias y Artes de Yucatán y la Medalla Yucatán en 1993 por su apoyo a la literatura actual en lengua maya.

El escritor que dominaba el inglés, italiano, francés, el griego arcaico, el clásico y el vulgar; y el latín en todas sus formas; obtuvo también la presea Gawí Tónara: Pilares del Mundo, que es el máximo galardón de las artes chihuahuenses.

El también poeta en 1997 publicó Poesía. 1977-1994; a este libro le precedieron Las armas del viento y Finisterra. En 2001 publicó su Antología personal. En el género de novela escribió Las armas del alba, Los informes secretos y La fuga.

Para él, sus novelas no eran históricas, pues trabajaba a partir de la historia oral e indagación directa, no de una historiografía, decía que en la literatura es necesario que cada personaje tuviera su propio sello de dicción para que el lector sienta que ese personaje está conversando.

El Fondo de Cultura Económica (FCE) publicó un tomo de sus Obras reunidas, que incluyó las novelas Las armas del alba y Guerra en el paraíso. Una de sus últimas publicaciones en vida fue el Diccionario del náhuatl en el español de México.

Licenciado en Derecho y maestro en Letras Iberoamericanas por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, también llevó estudios orientales en El Colegio de México. En 1995 recibió de la Universidad Autónoma Metropolitana el grado de Doctor Honoris Causa por sus contribuciones en el campo de las ciencias sociales y las humanidades; la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez lo nombró profesor emérito.

Su vocación por difundir sus hallazgos literarios lo llevó a publicar en la revista El Tiempo, en Diorama de la Cultura, en el periódico Excélsior, en Revista de Bellas Artes y en Revista de la Universidad de México.

En un texto que el secretario de Cultura del Gobierno de la República, Rafael Tovar y de Teresa, envío a la presentación de El canto del aeda, en la XXXVII Feria Internacional del Libro en el Palacio de Minería, expuso que Carlos Montemayor fue un autor, cantante de ópera y luchador social, que la música es el lenguaje universal que enaltece la virtud humana y que Montemayor era un virtuoso de la música y de la literatura, sus pasiones.

Carlos Montemayor falleció el 28 de febrero de 2010 a la edad de 62 años. De acuerdo con sus deseos, no se realizaron funerales; a la Academia Mexicana de la Lengua fueron llevadas sus cenizas donde recibió una emotiva despedida de colegas, amigos y familiares. Sus cenizas yacen en la Iglesia de San Juan de Dios en Parral, Chihuahua.