Por: César Dorado/

Entre un momento de tensión en donde el bloque capitalista de los Estados Unidos y la Unión Soviética competían para ver quien era la nación con el mejor equipamiento armamentista, también existió una tensión y una guerra constante por ver quien era el mejor en realizar avances científicos, tecnológicos y artísticos que resaltaran qué sistema político era el más conveniente. Fue así, que a partir del lanzamiento de cosmonauta soviético Yuri Gagarin al espacio el 12 de abril de 1961, inició un suceso sacado de un libro de Isaac Asimov, la guerra espacial.

Un año más tarde, Estados Unidos realizaría su primera misión espacial, “Friendship”, sin embargo, la respuesta de los soviéticos fue competir con ello y realizó su segunda misión, en donde colocaría a la astronauta Valentina Tereshkova a bordo del Vostok 6. Y aunque pareció que la guerra por conquistar el espacio había culminado con eso, en 1969 se suscitaría uno de los acontecimientos históricos más importantes para la humanidad, la llegada del hombre a la luna a través de la misión Apolo XI (haciendo ovación al dios griego que representaba la luz de la verdad”).

La tensión por ganar terreno en occidente y la competitividad de sus representantes por demostrar que el sistema capitalista era el indicado para el progreso del hombre, fueron factores primordiales para que los especialistas idearan no sólo una nave que llegara a la Luna-que se encuentra a casi 400 mil kilómetros de la tierra- sino que en él se tendrían que transportar a los primeros humanos dispuestos a pisarla.

Llevando el suceso más allá del progreso tecnológico, sino a una imposición antropológica, e incluso filosófica, el 20 de julio de 1969 cambió la concepción del espacio vital de hombre y, acompañado de un modelo económico que se sostiene a través del libre mercado, los Estados Unidos lograron su misión, sostener la idea de que se tiene capacidad para colonizar territorios, incluso aquellos que están fuera de la tierra.

La misión comenzó el 16 de julio y Neil Armstrong, Edwin “Buzz” Aldrin y Michael Collins fueron los astronautas seleccionados para lograr llegar al satélite natural. Después de un desayuno completo, se encaminaron a la rampa de lanzamiento en Cabo Cañaveral (brevemente bautizado como Cabo Kennedy), donde despegaría el cohete Saturno V, ante millones de personas que se agolpaban para no perderse el despegue.

Después de ajustar los mandos, el cohete salió disparado y en momentos de sumo suspenso, los tres hombres lograron salir de la tierra. Tras cuatro días de viaje sin registro de incidencias y capturar algunas escenas poéticas que dejan ver la hermosa luz azul y verde que emana la tierra, el módulo lunar pilotado por Neil Armstrong se postró en una tranquilidad indescriptible, pues algunas horas después, la huella del hombre quedó plasmada en la superficie de la tierra ante millones de espectadores.

“Es un pequeño paso para un hombre, un gran salto para la humanidad” y “Magnífica desolación” fueron las frases que tatuaron ese suceso en los anales de la historia. Después de tomar algunas muestras y tomar algunas fotografías, el 25 de julio los astronautas aterrizarían en la tierra sanos y salvos, consagrados como verdaderos héroes y como una suerte de Beatles de la exploración espacial.

Fue así que, narrado a manera de cuento de ciencia ficción, la misión del Apolo XI le dio a Estados Unidos el triunfo sobre la Unión Soviética en la guerra espacial, dejando una semilla por seguir conquistando nuevos y misteriosos mundos.