Por: Redacción/

Es imposible vencer al desierto, pero a pesar de sus altas temperaturas, kilómetros de arena seca y aparentemente pocos recursos, es un lugar para la vida y la expresión cultural. Así lo han concebido dos grupos humanos que lejos de pretender dominarlo se han adaptado a él y lo aman profundamente: los comcáac (seris) que habitan el desierto de Sonora, y la nación saharaui, del Sahara Occidental, por lo que sus saberes y expresiones constituyen un patrimonio cultural de gran valor y una lección de sobrevivencia.

En un intento por mostrar los puntos en común del pasado y el presente entre ambas culturas, tales como su antigua raíz nómada, la relación con el desierto, la memoria atribuida al mar y la lucha por defenderse del despojo de sus tierras, es que el Museo Nacional de las Culturas del Mundo (MNCM) abrió al público la exhibición etnográfica De nomadismos y hospitalidades: comcáac y saharauis.

El embajador de la República Árabe Saharaui Democrática, Ahmed Mulay Ali Hamadi, agradeció al Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) y al MNCM abrir las puertas de sus salas para mostrar al público mexicano durante tres meses a estos dos pueblos del desierto; dijo que la cultura es el medio para conocerse y mediante el cual podemos amarnos como seres humanos, y cuando eso sucede hay paz.

En reciprocidad, el director general del INAH, Diego Prieto Hernández, dirigió un saludo, propio y a nombre de la secretaria de Cultura, María Cristina García Cepeda, en un museo que todos los días se viste con la diversidad, la riqueza y el diálogo multicultural entre los pueblos del mundo.

Recordó que para la antropología un problema fundamental a dilucidar es el que tiene que ver con la diversidad y semejanza entre los grupos humanos, y señaló que esta exposición se relaciona con tres conceptos que articulan esa pregunta sobre lo común y lo diverso: el desierto, el nomadismo y la hospitalidad.

El desierto, que es el medio con el que interactúan ambas sociedades para sobrevivir; el nomadismo, que apela a la condición que hemos tenido los seres humanos por lo menos durante 95 por ciento de nuestra existencia, desde que se desarrolló el Homo sapiens el planeta, porque la vida sedentaria es muy reciente, de no más de 7,000 años, por eso recuperar la tradición nómada es fundamental para entendernos y también para combatir a quienes pretenderían acorralar con muros, el impulso de los grupos humanos para moverse.

En tanto, el concepto de hospitalidad tiene que ver con la necesidad de recuperar los vínculos que han hecho que las sociedades se mantengan con lazos de reciprocidad, solidaridad, colaboración, fraternidad y vínculo amoroso. Más ahora, cuando el mundo hace frente a situaciones de violencia, inseguridad, guerra y expoliación. Celebramos esta exposición y la diversidad cultural del mundo, dijo Diego Prieto.

“Se dice que es imposible que nadie subsista en el desierto, con esta muestra hemos aprendido que sí; también aprendimos a cuestionar nuestra condición de sociedad sedentaria y nuestra estrecha manera de entender la hospitalidad: habitantes de dos desiertos, nos enseñan que hay formas de resistencia y hospitalidad diferentes y que conocerlas nos enriquece y nos transforma”, dijo Gloria Artís, directora del MNCM, al dar la bienvenida al recinto.

El recorrido museográfico es resultado del trabajo conjunto entre el Proyecto PAPIIT IN 402317 “Heteronomías de la justicia: nomadismo y hospitalidad en el lenguaje”, bajo la dirección de la doctora en filosofía Silvana Rabinovich, del Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM, y el área de investigación del MNCM, quien estuvo en el presídium.

La exhibición presenta alrededor de 75 objetos, entre fotografías, indumentaria, utensilios y materiales audiovisuales, procedentes de los museos Nacional de Antropología, Regional de Sonora y colecciones particulares; destaca un textil comcáac elaborado con piel de pelícano que tradicionalmente se usaba para la cuna donde dormían los niños; así como una curda tejida con raíz de sahuaro, un cactus que abunda en Sonora, elaborada con tecnología ancestral en proceso de desaparición pues solo quedan dos indígenas que la saben elaborar.

Del pueblo saharaui sobresale un juego de té; la práctica de tomarlo tiene un gran simbolismo para este pueblo, que suele hacerlo cotidianamente como pausa para tener un espacio consigo mismo y compartirlo con los otros. La costumbre es tomar tres tazas pequeñas: la primera amarga, como la vida; la segunda dulce, como el amor, y la tercera suave, como la muerte.

La exposición cuenta con cuatro ejes temáticos: Nomadismo, entendido como otra forma de habitar el planeta; Desierto y vida, naturaleza y cultura, donde se analizan las consecuencias ecológicas en la vida de ambas naciones; Justicia, abordada desde la experiencia de los pobladores; y Hospitalidad, como una práctica ejercida a través del lenguaje y la traducción.

El recorrido está pensado en dos niveles, para ser interpretado por el público general e infantil. Primero, de forma clásica a partir de las obras, cédulas y materiales visuales. Segundo, a través de juegos, narraciones poéticas y cantos de ambos pueblos, dedicados especialmente para los niños visitantes.

En cuanto a los nomadismos hace una reflexión en torno la forma de vida nómada, no como primitiva, sino alternativa al sedentarismo de la época contemporánea. Entendiendo cómo esta condición genera otro tipo de economía, de comunicación entre las personas, de perspectiva de género y de escaso impacto medioambiental.

La exposición continúa con el desierto como un lugar para la vida y la expresión cultural. Visto desde la perspectiva de ambos pueblos, el desierto, el mar y todo lo que habita en ellos tiene una fuerte conexión con sus habitantes. Una relación de respeto y convivencia contraría a la sobreexplotación propiciada por la economía dominante actual.

Por su parte, la temática de justicia aborda la problemática saharaui, sociedad dividida por el muro militarizado más grande del mundo, el cual fue construido por Marruecos en 1980, despojando a los saharauis de su hogar legítimo y obligándolos a desplazarse hacia los campos de refugiados en el desierto de Tinduf.

Asimismo, se presenta un muro simbólico que representa el racismo y el abuso del “progreso” en el territorio de la comunidad comcáac en México. Quien se expone al megaextractivismo de su tierra y los riesgos de defender sus recursos naturales y formas de vida.

Por último, el eje de las hospitalidades gira alrededor de las costumbres de recibimiento de ambos pueblos. Jaimas, ceremonias de té, lecturas de poesía árabe, escuelas para todos, festividades de la comunidad, leyendas de tortugas y otras expresiones se muestran en la exposición.

El Museo Nacional de las Culturas del Mundo se ubica en calle Moneda N° 13, Centro Histórico de la Ciudad de México, a una cuadra del Metro Zócalo.